martes, 28 de agosto de 2007

OJITO CON EL MARTILLO


En apariencia es una señora muy rica. Está visto que la gente, cuanto más burguesa, más ascética es en el orden sexual... Bueno, creo que es hora de que ella llegue... Mire usted, ya casi no quedan ventanas con luz. Solamente se ven las luces de la calle. Es la hora del amor. La hora de amar, de luchar, y de odiar. Terminada la lucha del día comienza la lucha de la noche, una lucha más encarnizada y cruel que hace olvidarse de sí mismo... Suena el clarín anunciando el comienzo de la batalla, la mujer se ensangrenta, muere y renace repetidas veces. En ese mundo de lucha, es menester morir una vez para poder vivir. Tanto el hombre como la mujer luchan, llevan una escarapela de luto en sus armas. Su bandera es blanca, pero esa bandera blanca es pisoteada, ajada y hasta manchada con sangre. Tocan el tambor. El tambor del corazón. Los tambores del honor y de la infamia... ¡Qué suave el respirar de los que mueren lentamente! Un hombre muere con la cara hundida en el barro. La vergüenza es la medalla de ellos. ¡Fíjese! Es natural que ni se vean las luces de las ventanas. Lo que se ve hasta la lejanía no son casas, son tumbas. Ni siguiera el claro de luna toca las lápidas brillantes, tumbas sucias, puercas, putrefactas... En comparación con ese mundo, nosotras somos ángeles. Nosotras permanecemos inmutables en el mundo del amor y en la hora de amar. Sólo que, de vez en cuando, estando en la cama efectuamos un cambio químico. Estoy segura de que por más que existan hospitales de este tipo no deben alcanzar en el mundo. El director siempre nos dice eso... ¡Ah, llegó el coche de siempre! Un coche grande plateado. Llega volando y se detiene justo frente al hospital. Mire señor. El coche está corriendo sobre el puente. Siempre llega desde allí. Y, mire, dobla por ese lado... y en cuestión de segundos, está frente al hospital. Se abre la portezuela...(Yukio Mishima) Bueno, yo me retiro. Buenas noches.

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